La noche, esa noche mientras hablábamos, la Luna atacaba su mano.
¿Qué podía yo hacer? ¡Sólo morir de envidia!
Pero aún no sé, a quién envidiaba más, si a Ella o a la Luna.
1 comentario:
Anónimo
dijo...
Y hay más, también he podido acariciar la luna y mirarla a los ojos mientras te escucho y entiendo de universos conspiradores, casualidades y más lunas, tejiendo ese hilo de plata interminable.
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Y hay más, también he podido acariciar la luna y mirarla a los ojos mientras te escucho y entiendo de universos conspiradores, casualidades y más lunas, tejiendo ese hilo de plata interminable.
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