Tras tres insulsos trámites resueltos. Me encontré al llegar a casa a medio día, con un paquete.
El
remitente era un amigo poeta. Me había enviado una copia de nueve años de su
vida por correo, plasmados en un poemario.
Hojeé el
engargolado del que ansiosamente saltaban palabras con las que mis ojos y mi
piel reverberaban con certeza.
Pasaron las
páginas, pasaba su vida y así de pronto, encontré allí mi nombre con todas sus
grafías de la A a la Z. Quedé envuelta en el recuerdo de aquellos meses en los que compartimos
vida entre barrocos vaivenes de cantera, letras, imágenes y risas.
Una
tectónica emoción, subió desde mis pies hasta mi rostro. Quedé extasiada en esa
experiencia instantánea que ocurre cuando el amor se hace carne y habita en
nosotros.
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y salpica a los demás, impregnándolos de dulzura
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